¿Deberíamos tener aunque sea una digna despedida? Nunca fuimos presentados. Irrumpimos cada uno en la vida del otro en distintas circunstancias, distintos tiempos. Y de a poco vamos desapareciendo. Perdura la memoria, la reminescencia de eso que alguna vez conocimos, como el aroma de una taza de café vacía o el último plano cuando la película ya terminó. Una despedida, el último parágrafo del capítulo, el último capítulo de la obra. Un epílogo, más bien, esta improbable despedida tardía. Yo ya no tengo más nada para decir. Tengo heridas que no van a ser curadas por palabras, mías o tuyas, porque todas las palabras son del viento, cuando no del lenguaje o la tradición. Esto no va a ser una despedida, ni un epílogo. Nada de eso. Esto es, la crítica, los interrogantes que se plantean al cerrar el libro, las posibles resoluciones, reflexiones, sentencias sobre aquello que ya fue escrito. Darle sentido, insertarlo en el mundo, hacerlo hablar. Como yo nunca pude hacer que vos hablaras, como yo nunca supe hablar.
Mis palabras son del viento. ¿No dije ya, no te creas mis palabras? Mi discurso es pura potencia, pura posibilidad; nada de lo que yo diga es. ¿No era que el hombre se define por lo que hace? Pero vos sos mujer, y te encanta verme prendido del discurso amoroso. No, no es una cuestión de género. No para mí. Para mí es ese aroma, ese dejo amargo cada vez que actualizo, por ejemplo, la imagen de esa noche, me estaba yendo de tu casa y, en medio de la duda, decidí optar por un abrazo tibio y silencioso. Quizás tendría que haber hablado. Quizás tendría que haber considerado la posibilidad de que el verbo fuese carne, que la articulación lingüística podía dar lugar a algo. A fin de cuentas, y mucho tiempo después, parece que me creíste cuando dije que iba a estar todo bien, que no era demasiado grave que no nos viéramos por un tiempo, a pesar de que en mis acciones estaba demostrando todo lo contrario. ¿Vas a volver a creerme?
Yo adoré tus palabras, todas y cada una de ellas. Te adoré a vos. Me gustaría poder decir que te amé, pero está esa canción que sostiene que el amor, no de a dos, es más difícil, y que suena a cierta flexión, cierta blandura y bondad de carácter, sobre todo si tenemos en cuenta que un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier, etcétera. Acá no hay puentes. Sólo dos caminos que tienen varias intersecciones. Parece que ya hemos pasado la última, y en ningún momento supimos viajar juntos.
A pesar de todo, yo creía en el Amor. Y yo creía que te podía amar, y que te amaba. Ese sentimiento que ardía en mí, la disposición constante y ese precipitarme en acción, para vos, hacia vos, ese fuego que ahora es brasa y amaga con apagarse. ¿Eso es la despedida? ¿Pisotear las brasas y dejar que humeen un poco, antes de que el viento esparza las cenizas y no quede rastro de la combustión? ¿Cómo puede tener algo de dignidad? Acaso sea la despedida un rito fúnebre en el que, por sobre todo, queda una inscripción. La palabra-divinidad, sustrato eterno de la memoria, de la eternidad de mis heridas, de la despedida que nunca vamos a tener. Escribamos, pues, un libro.

I

Era de noche y hacía frío, llovía, también, y yo había llegado a casa empapado y temblando. Un poco triste, también. Hasta esa tarde había tenido una novia, Inés. Fue la primera, o por lo menos la primera que pasó de las dos semanas: cinco meses y algunos días, período de mucha felicidad para ambos, pero como todo en la vida tenía sus bemoles y terminó por saturarme. Ella, tan jovial y cándida, llena de vida con su cabellera al viento, sonreía como ninguna y sabía besarme con todos los colores del arco iris, algo que quizás era demasiado para mi amargura vestida de negro y gris. Era como vivir una ficción, sólo que ya había sido escrita de antemano: todos sabemos qué pasó con Rocamadour, estuvimos del lado de allá y del de acá, y ella pretendía no sé qué tipo de final feliz a pesar de ser tan Maga y ver en mí no sé qué tipo de encarnación grotesca de Oliveira; todos pasamos por los quince años y supimos enamorarnos de la pluma mágica de Cortázar desplegando todo su esplendor de la tierra al cielo, en esa Rayuela que es también para nosotros, lectores, un gran y maravilloso juego, pero ocurre que la chica no pudo superar su etapa teen de identificaciones bizarras y juegos especulativos para vivir la vie en rose. Claro, pero justo ese libro, que contiene infinitas historias con infinitos finales, hecho para leer una y otra vez alterando el orden de los factores para obtener otro producto. Quizás el producto que habríamos podido construir era original y distinto, nuestro, lejos de esa puta novela que emociona hasta lo más profundo del alma, pero era tarde ya. Ine parecía haber sido devorada por ese mundo de espejos e ilusiones, y yo tenía una vida para atender. Decidí ponerle un punto final.
Mi primera noche de soltero, y literalmente se caía el cielo. Entré y fui directo hacia la ducha, con la ropa todavía puesta, y recién mientras me desvestía y sintiendo el agua tibia cayéndome sobre la cabeza largué las primeras lágrimas del día. Ya la estaba extrañando.
No sé cuánto tiempo estuve en el baño. Horas, quizás. Salí un poco mareado, con la presión todavía baja por causa de la quietud y el vapor. Un whisky para reanimar, luego acostarme y tratar -inútilmente, claro- de dormir. Había sido un día largo, a la mañana temprano había ido por recomendación de una amiga de Ine a uno de esos talleres, tan de moda entre quienes tenemos ínfulas de literatos y pretendemos refinar el estilo al tiempo que somos adulados. No pensé que fuera de mucha utilidad, fueron un par de horas en que escuché varios escritos mediocres y salí con la convicción de que eran una manga de locos y pelotudos (pero simpáticos), quizás lo único rescatable era que tuve ese par de horas para deleitarme con el par de ojos más hermosos del mundo. La dueña no pasaba por mucho el metro cincuenta, el color del pelo no podía ser natural pero tampoco podía quedarle mejor, facciones perfectas, una figura envidiable, y esos ojazos. Creía recordar su nombre: Paula, como la primera mujer que besé. Ella también tenía muy lindos ojos, aunque más verdosos y adormecidos. Luego vinieron a mi mente Mariana, Cecilia, Martina, las distintas mujeres que habían participado de mi vida; indefectiblemente, llegué a Inés y el recuerdo de la tarde. De algún modo, me las había arreglado para ser correcto, frío, severo, y a la vez comprensivo y amoroso. Seguramente ella habría estado llorando bastante después de nuestro encuentro, y sin dudas estaba haciéndolo en ese momento. Yo ya no lloraba, pero tampoco podía dormir.
Decidí levantarme, prender la tele. Como buena madrugada de fin de semana, los ochenta canales del cable emitían producciones igual de horrorosas. Después de unos quince o veinte minutos de pasar maniáticamente los canales, no pude seguir ignorando la obviedad: apagar el televisor era un imperativo. Otro whisky, entonces, para luego dejarme llevar por el jardín de los senderos que se bifurcan y perderme en Uqbar. A Ine le apasionaba Borges. Yo podía reconocerle alguna página, pero su prosa hermética me resultaba un tanto hostil. A decir verdad, hasta conocerla a Ine la literatura había sido para mí un campo enemigo, pasado y pisado en las clases del secundario.
Cerré el libro, prendí la computadora. Algo de música iba a tener que amenizar la trasnochada, y Coltrane era un buen candidato. Mientras tanto, sin poder relajarme, resolví al menos distraerme, y me senté a pasar el tiempo en internet. El disco se terminó pronto y fue sucedido por uno de Chet Baker. Estaba sonando You and the night and the music cuando, paseando por distintos flogs, algo llamó mi atención:  desde el centro de la pantalla, en una actitud entre seductora y desafiante, muy intimidante pero aún más atractiva, se clavaba en mí la mirada de aquellos incomparables ojos. Era el flog de Paula.